“El amor y la música son lo más parecido a un milagro”


Hay discos que funcionan como continuidad y otros que implican una decisión. El segundo trabajo de BOTTA pertenece a esta última categoría: no confirma un camino sino que lo tensiona, lo expande y, en ese movimiento, redefine su identidad. Después de un debut más cercano a la tradición del rock, este nuevo material abre el juego hacia una paleta más amplia, donde conviven influencias latinoamericanas, arreglos más arriesgados y una manera distinta de entender el rol del músico dentro de su propia obra. No se trata solo de cambiar de sonido, sino de habilitar un espacio más honesto para lo que quiere decir. En su segundo disco solista, Jugando con fuego: ¿qué cambió en tu búsqueda desde Golpe de calor hasta hoy? Dice BOTTA: “Un camino más seguro en lo que quiero para mi carrera y donde pueda volcar todo lo que siento para disfrutar de hacer música de la forma más natural”.
—El álbum mezcla géneros que no habías transitado antes, ¿cómo fue animarte a salir de tu zona musical conocida?
—Hago música porque amo la música desde niño y eso quiero para mi carrera, disfrutar cada disco más y más, divertirme y conectarme con mis amigos los músicos que arman este equipo para disfrutar cada paso que damos, cada show por ejemplo.
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—Hay un repertorio muy diverso y muchas colaboraciones, ¿cómo dialogaron esas distintas voces dentro del disco?
—Todo es democracia porque confío en el talento de las personas (la pelota siempre al 10) y todas esas personas que nombras son 10. No se desecha nada, todo se suma desde una idea hacia donde queremos que vaya la canción, es un proceso hermoso.
—Trabajaste con productores de perfiles muy distintos, incluso del mundo urbano, ¿qué aportó esa mezcla al sonido final?
—Un disco más latino, con más condimentos, más de lo que siempre escuché de niño. Golpe de calor era más pop rock porque sentía que quería ir a lo seguro, pero acá quise abrir realmente lo que siento.
—Tu historia personal, desde tocar en bandas hasta trabajar como camionero, es muy fuerte: ¿cómo aparece esa experiencia en este disco?
—Es increíble poder empezar a cantar salsa para mí. Escucho desde muy chico y siento que es algo mágico, como el tango o el folklore. Toda esa música es hermosa y forma parte de lo que soy. En esa expansión aparece también una dimensión más íntima. Las canciones no solo exploran nuevos territorios musicales, sino que se detienen en estados emocionales que antes quedaban más difusos. Hay una búsqueda por sostener la intensidad sin perder la claridad, por construir climas donde lo personal no quede diluido en el gesto.
—En “Río” aparece una idea del amor muy luminosa, ¿cómo pensás ese tema dentro del disco?
—“El amor es lo más parecido a un milagro”, dijo Alejandro Dolina, y la siento así. Es una canción alegre, casi veraniega. Cuando uno está enamorado se siente elevado y cada día cuido más esa sensación.
—También hay un vínculo fuerte con el tango, ¿cómo se relaciona eso con tu presente?
—Amo el tango. De chico me escapaba para escuchar bandoneón. Es un instrumento que se toca con el alma. Pasé momentos difíciles y esa canción la dejé al final porque le tengo mucho respeto. Ese recorrido emocional convive con una relación muy concreta con los instrumentos, que en su caso no son solo herramientas sino objetos cargados de historia.
—Tenés una relación muy especial con las guitarras, ¿de dónde viene eso?
—Mi mamá era profesora de folklore y mi primera guitarra era de ella. Nací en un barrio donde acceder a un buen instrumento era imposible. Todo tiene un valor emocional muy grande para mí.
—¿Y el vivo, qué lugar ocupa hoy?
—Tengo la suerte de tocar seguido y lo valoro mucho. Disfruto muchísimo tocar en vivo, es lo que más me moviliza. Es un viaje increíble.
Lo que arde
J.M.D.
El segundo disco de Botta no solo amplía su universo sonoro, también reordena su forma de trabajar. A diferencia de su debut, donde predominaba una lógica más cercana al rock tradicional, este nuevo material se construye desde la apertura: múltiples productores, arreglos que incorporan otros lenguajes y una dinámica colaborativa donde las canciones se transforman en espacios compartidos. Esa lógica se percibe en la diversidad de climas que atraviesan el álbum. Hay momentos donde la canción se apoya en la guitarra como eje, pero también otros donde el peso recae en la percusión, los vientos o los arreglos más ligados a lo latino. Esa oscilación no genera dispersión, sino una identidad más compleja, donde cada tema funciona como una variación de un mismo impulso. En ese sentido, el disco también dialoga con la tradición. Las versiones incluidas no aparecen como citas nostálgicas, sino como relecturas que buscan traer esas canciones a un presente distinto. Lo mismo ocurre con las influencias: el tango, el folklore o la salsa no funcionan como géneros aislados, sino como capas que atraviesan el proyecto. Detrás de esa construcción hay una decisión clara: correrse de lo seguro. Si el primer disco podía leerse como una afirmación de lo aprendido, este segundo trabajo se mueve en otra dirección. No busca confirmar, sino arriesgar. Y en ese riesgo aparece una forma más directa de lo que el músico quiere expresar.
Fuente: www.perfil.com



